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República de las Bananas

Te llevaremos a votar en el taxi por Eduardo Lliteras Sentíes

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No hablamos del FUTV, obviamente, sino de una escena al otro lado del charco, del Atlántico

“Vota por Lucas Barrés, y te daremos una hielera, en el taxi te explicaremos cómo votar”, le explican los dos operadores electorales del Barrio Norte de Marsella a una mujer madura con la cabeza cubierta a la usanza islámica, con un hiyab.

No hablamos del FUTV, obviamente, sino de una escena al otro lado del charco, del Atlántico. Los actores están en uno de los macizos edificios de condominios del Barrio Norte, donde se apiñan los inmigrantes, una especie de Banlieue (suburbio) parisino, en el que los rostros del Magreb y del África subsahariana se mezclan con caras latinas y asiáticas así como con franceses e italianos pobres.

Allí la ley de la mafia impera, hace leva entre los jóvenes magrebíes y franceses, entre los migrantes, para vender droga. En la escena, estamos ante un momento de la lucha proselitista a favor de Lucas Barrés, el candidato de la mafia que controla la venta de la droga pero también las máquinas tragaperras instaladas en los bares del puerto marsellés así como la prostitución por no hablar del tráfico de seres humanos.

Su principal oponente, el alcalde Robert Taro,  encarnado por Gérard Depardieu, decide enfrentársele cuando descubre el hilo negro que vincula directamente, a su hasta hace poco fiel delfín, con la mafia. En los taxis pagados por la mafia transportan a decenas y decenas de votantes del Barrio Norte, muchos descendientes de migrantes o inmigrantes con documentos, a las casillas para votar.

Hablamos de la serie francesa creada por Dan Franck, primera producción original francesa de Netflix, ahora en exhibición, que ha generado un sin número de críticas por parte de periódicos franceses, a los que al parecer no les gusta ver escenificada la pudrición política y la marginación en la que crece la delincuencia, pero también el extremismo que hoy tiene al país galo de rodillas.

Marsella, conocida históricamente por su peligrosísima mafia de origen corso, que convirtió al puerto francés del Mediterráneo en la capital mundial de la heroína y de la French Connection, es el escenario de esta serie de Netflix, bien valorada, sin embargo, y no sin razón por The Guardian.

El diario británico inicia su crónica narrando la escena del momento en que Robert Taro se da un pericazo de cocaína dentro del estadio sede del famoso Club Olímpico de Marsella y grita, “amo esta puta ciudad”.

Bienvenidos a Marsella, un drama de intriga política, corrupción y guerra de bandas de narcotraficantes, dice The Guardian, en el que se enfrentan el alcalde de Marsella (Robert Taro) y  su pupilo (Lucas Barrès) por un controvertido proyecto de casino al que la mafia se opone por afectar su negocio de las máquinas tragaperras en la ciudad.

La serie es un buen ejemplo no sólo de cómo la mafia y la delincuencia común pueden verse involucradas con la política y escalar a las máximas cargas del gobierno, sino de cómo las transformaciones económicas causan conflictos al tocar intereses creados, cobijados a la sombra de la impunidad, la corrupción política, las ambiciones personales y el silencio cómplice.

El caso de Marsella es parecido al de la ciudad italiana de Nápoles, donde la Camorra domina con sus ejecuciones callejeras y controla las licitaciones públicas a través del miedo, la amenaza y la muerte. Al respecto, mucho ha dicho el escritor italiano Roberto Saviano, quien ahora vive bajo custodia policiaca permanente y escondido en algún de incógnito. Con la mafia, ya se sabe, no se juega, sin embargo, al igual que Italia, los jueces que se le ha enfrentado no han faltado, así como sus ejecuciones a plena luz del día.

Quién no se acuerda de la historia de los jueces italianos, Giovanni Falcone y Paolo Borsellino, asesinados brutalmente por la mafia siciliana o del juez francés Pierre Michel, ultimado a tiros precisamente en Marsella, a plena luz del día en los años 80.

Ejemplos, historias, entre la realidad y la ficción que pueden ser motivo para la reflexión para una ciudad que se pone de moda, como Mérida, con sus viejos taxis, operadores del voto, y las nuevas mafias que aterrizan en el terreno fértil de la  corrupción y del enriquecimiento que provoca el crecimiento urbano. La llegada de nuevos actores, como UBER, es sólo el inicio de disrupciones y conflictos, como ya se vio en días pasados en las calles de Mérida y en el Congreso. Entre lo viejo, que se niega a morir, y lo nuevo, que busca aliados y pugna por nacer.

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