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República de las Bananas

Ni Trump ni Hillary por Eduardo Lliteras Sentíes

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Ninguna de las dos opciones puede hacernos felices, aunque muchos brincaremos por la noche si es derrotado Donald Trump

Hoy se decide quién gobernará a la potencia a cuya sombra México se desangra y pudre.

Ninguna de las dos opciones puede hacernos felices, aunque muchos brincaremos por la noche si es derrotado Donald Trump. Es lógico, los insultos, las agresiones continuas y la amenaza de un muro así como la de expulsar a miles de mexicanos y suspender el TLC, tienen a nuestro país en vilo: somos un pobre apéndice en descomposición de la nación más poderosa que ha gobernado el orbe y que ahora, sin lugar a dudas, se encamina hacia su decadencia.

El mal está hecho. Donald Trump ha reavivado el odio, la xenofobia, el racismo, la violencia en los Estados Unidos y de llegar a la presidencia, acabaría con lo que queda de las instituciones democráticas estadounidenses que protegen a sus ciudadanos para convertirlo en lo que ya es en la escena internacional: un abusador, dedicado al saqueo y la rapiña a través de guerras constantes.

Un suspiro de alivio darán muchos por la victoria de Hillary, aunque quizá no por mucho tiempo, en cuanto comience con las primeras tensiones militares y diplomáticas con Rusia y Siria o en cuanto anuncie las primeras políticas migratorias y comerciales con México.

No cabe duda de que nuestro país no está preparado, en ningún sentido, para defenderse. Militarmente, tenemos un ejército dedicado a la guerra sucia interna, es decir, no preparado para enfrentar a un titán armado como son los Estados Unidos. En términos diplomáticos, nuestros políticos han demostrado lo ignorantes y siervos que son, primero invitando a Donald Trump, después poniéndose camisetas de Hillary Clinton en el Senado. O acudiendo en tropel a la convención donde fue investida Hillary candidata, como ocurrió con Margarita Zavala, quien en su absurda lógica quiere repetir el esquema de los Clinton, convirtiéndose en un gobierno Calderón bis.

Una mujer en la presidencia de los Estados Unidos es algo histórico, dicen algunos. Histórico más bien sería tener un candidato o candidata con políticas que cambiaran el curso implacable de la guerra continua de la que se alimenta el conglomerado militar estadounidense. Y en la que se sostiene el tinglado político de Washington.

Tener a una mujer como presidente, gobernando igual que los Bush u Obama, no es más que un trasvestimiento del poder, que ahora utilizará maquillaje y en ocasiones faldas o flores para ordenar bombardear con drones en Siria, Yemén, Afganistán o México.

No nos engañemos. México es una nación empobrecida brutalmente, sumida en una guerra que tiene al país convertido en una inmensa fosa común, débil intelectual y políticamente hablando. Así nos han dejado los últimos gobiernos. Con muy escasos recursos para defendernos de las embestidas externas, que cada día serán más intensas y violentas.

No nos engañemos. Si Trump fracasa en esta ocasión, volverá a intentarlo. Quizá sea u otro u otra, el que eriga el muro con México. El que declare la persecución y expulsión de mexicanos o la invasión de México. Es sólo cuestión de tiempo mientras se sumen en su crisis interna con un poder de fuego aterrador.

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