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República de las Bananas

Ruido, mezcal y salud en Mérida por Eduardo Lliteras Sentíes

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Muchos aplaudieron el operativo ordenado por el alcalde en la Mezcalería, ubicada en el centro de Mérida, tras las quejas de un grupo de vecinos, mayoritariamente estadounidenses y canadienses 

En el centro de Mérida son numerosos los locales nocturnos que no respetan el derecho ajeno a no vivir torturados por el ruido ajeno en las noches. Pero en la lista de quienes violan el límite saludable de los decibelios hay también que incluir a negocios de todo tipo que durante el día tienen bocinas que escupen chillidos (llamados música) a todo volumen en las banquetas. Esto, por no hablar de los camiones del transporte público o los bocinazos de los conductores acelerados. La contaminación auditiva es un mal que aqueja a la ciudad desde hace años y que ha ido escalando con el crecimiento de la urbe, el aumento del tráfico y la multiplicación de nuevos locales y centros nocturnos. Es parte del costo del ponerse de moda y un problema que aqueja a muchos centros urbanos del mundo, pero esto no es justificación para no afrontar la contaminación auditiva que causa graves problemas de salud entre la población afectada.

Muchos aplaudieron el operativo ordenado por el alcalde en la Mezcalería, ubicada en el centro de Mérida, tras las quejas de un grupo de vecinos, mayoritariamente estadounidenses y canadienses (uno que otro mexicano), algunos de los cuales ahora dicen que no querían fuera clausurada.

Como informó La Jornada “La Fundación Mezcalería” fue clausurada por la dirección de Desarrollo Urbano Municipal la noche del jueves tras una revisión de supuesta “rutina” de protección civil con apoyo de decenas de policías de Mérida que se presentaron con armas largas. Después, se clausuraron otros dos locales en el centro: el restaurante bar ¡Ay Caray! y Noctámbula.

Al parecer, el alcalde Mauricio Vila decidió enviar un mensaje fuerte en un tema al que ninguna autoridad municipal (para variar) había puesto atención de forma seria. Dejando que crezca como una avalancha.

Claro, ha habido quien se ha quejado pidiendo que la misma celeridad se aplique cuando se trata de otros casos y quejas de ciudadanos meridanos sin pasaporte extranjero.

Por supuesto, los comentarios a favor de la Mezcalería no se han hecho esperar. Centenares de personas les han dado su apoyo a través de redes sociales. Cabe recordar que la Mezcalería era conocido por ser un local amigable con la comunidad LGTB, sitio de encuentro y de relaciones para muchos de sus miembros y por eso mismo, mal vista, por ejemplo, por el Frente Cívico Familiar. Es decir, estaba en la mira del ultraconsvadurismo local, aunque no parece que ese haya sido la razón de su clausura.

La realidad es que la falta de cultura en materia de ruido se reproduce en todos los puntos de la capital yucateca incluidas, por ejemplo, las comisarías.

En Cholul y Chichí Suárez, por ejemplo, cada vez que el llamado “fiestero” organiza una vaquería o concierto, dichas comisarías viven durante días, inmersas en el ruido a todo volumen que se prolonga toda la madrugada sin que autoridad alguna le ponga freno.

Además, salones de fiesta organizan despedidas de solteras, fiestas de quinceañeras o lo que sea, y simplemente los vecinos no pueden dormir en sus hogares. Lo mismo pasa con Karaokes y otros centros nocturnos por todos los puntos de la ciudad. Y no es de ahora, sino desde varias administraciones, como he señalado, que éste problema afecta a Mérida, obligando a los vecinos a mudarse o enfermarse.

Evidentemente, el problema del ruido es una cuestión que se extiende a todos los municipios del Estado. No hay cultura al respecto, ni autoridad que aplique la ley.

La cacofonía es una plaga que se extiende por toda la Península de Yucatán, incluidos los destinos de playa.

Por eso hay quienes piden que no sólo se atiendan las quejas de los estadounidenses del centro. Y que se aplique el reglamento contra los decibelios incluidas las fiestas privadas de personajes poderosos o de simples vecinos que organizan guateques de fin de semana importándoles un bledo las personas que viven cerca o junto a sus casas. Es un tema de calidad de vida, de civilidad, de respeto, de salud, de los famosos valores de los que tanto hablan las autoridades, que debe ser afrontado, antes de que sea imposible ponerle algún límite y la convivencia en la ciudad se rompa definitivamente.

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