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República de las Bananas

Guerras de la posguerra y el boom neonazi en EEUU por Eduardo Lliteras Sentíes

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Si Vidal hubiera vista las escenas de días pasados en Charlesttonville, en la Universidad fundada por Thomas Jefferson, habría dicho que estamos ante una América peligrosa, pero también triste

En 1989 pintamos algún muro en Guadalajara rechazando la invasión yanqui de Panamá. También ardió alguna bandera en el centro de la capital tapatía que habíamos encontrado en una tienda, aunque más bien se trataba de una insignia sureña. El pretexto para enviar a las tropas estadounidenses fue Manuel Antonio Noriega, a quien utilizaron como tirano y administrador del canal hasta que decidieron removerlo, también con el pretexto de la conexión del narcotráfico con los narcos colombianos. Eran los hermosos tiempos del escándalo de los Irán-Contras, cuando el gobierno de Reagan financiaba a los paramilitares que atacaban a la Revolución Sandinista con la venta de armas a Irán. Además de la venta de drogas, en territorio estadounidense.

Latinoamérica se despertó con el operativo militar el miércoles 20 de diciembre de 1989. No mucho antes había tenido lugar la invasión de la isla de Grenada en 1983. En esa ocasión, la justificación fue el comunismo, y claro, allí andaban los cubanos, para variar.

Decía el escritor Gore Vidal en una ocasión en la que lo encontré en una librería entre los tonos ocres del otoño romano durante la presentación de un ácido ensayo llamado “El Fin de la Libertad” (Fazi Editori, 2001, Roma) publicado en Italia, que los Estados Unidos desde el “V-J day de 1945” (día de la derrota de Japón por Estados Unidos y el fin de la Segunda Guerra Mundial) han estado involucrados en centenares de guerras alrededor del globo.

Gore Vidal hacía un recuento de las guerras, con fecha, nombre en código y país intervenido: “Selva Verde”, Colombia, 1995-¿hoy?, “Ghost Zone”, Bolivia, 1990-¿1993?, “Zorro II”, México, 1995-1996, “Uphold/Restore Democracy, Haití, 1994-1995, “Fundamental Response”, Venezuela, 1999-2000, por citar algunas al azar, ya que las operaciones estadounidenses tienen como teatro el mundo y las justificaciones siempre sobran.

“En estos centenares de diversas guerras contra el comunismo, el terrorismo, el narcotráfico y a veces contra nada en particular, entre (el ataque japonés) Pearl Harbor y el martes 11 de septiembre, siempre hemos sido nosotros los que hemos dado el primer golpe”, decía Vidal.

El autor de “Juliano el Apóstata” o de “Golden Age” citaba al gran historiador Charles A. Beard, quien definió con extrema lucidez el estado permanente de guerra en que viven los Estados Unidos como “un estado de guerra perpetua para la paz perpetua” al servicio del Conglomerado militar industrial.

Vidal se mofaba recordando que en más de alguna ocasión había hecho referencia a “nuestro enemigo del mes: cada mes hay un nuevo, horrible enemigo al que hay que atacar antes de que nos destruya”.

Ayer fue Osama Bin Laden. Hoy es Nicolás Maduro o Kim Jong Un. Los “jidadistas” han sustituido a los comunistas y los narcotraficantes son los nuevos terroristas que justificarían una intervención armada en México. Trump dixit.

Sin embargo, Gore Vidal no perdía de vista la descomposición interna de los Estados Unidos y echaba mano del atentado de Oklahoma –obra del estadounidense Timotht McVeigh, según la versión oficial- en el que murieron 168 entre niños, mujeres y hombres el 19 de abril de 1995 para reflexionar sobre el crecimiento explosivo de los movimientos de milicianos extremistas en su país.

Después del atentado en Oklahoma, recordaba citando al Times, los movimientos de milicianos crecieron exponencialmente: de 220 grupos anti gubernamentales en 1995 a más de 850 a fines de 1996. En el presente, deben ser muchos más, al grado de que las agencias estadounidenses señalan que las principales amenazas a la seguridad de EEUU provienen de fuentes internas. Aunque Trump no lo quiera reconocer.

Vidal recordaba que uno de los factores de éste crecimiento de los grupos paramilitares en Estados Unidos y de las organizaciones antiguberntamentales armadas extremistas era que circulaba entre los milicianos la idea de que los agentes del gobierno habían puesto a propósito la bomba (en Oklahoma) para justificar la legislación antiterrorismo. Y las Leyes Patriota I y II.

Gore Vidal citaba el libro “Harvest of Rage” (Cosecha de Rabia) de Joel Dyer para meditar sobre la crisis de la América rural.

“Dyer escribió de la crisis de la América rural tras el declive de las pequeñas propiedades rurales y familiares, declino que coincidió con el nacimiento de las varias milicias y cultos religiosos, algunos peligrosos, otros simplemente tristes”.

Si Vidal hubiera vista las escenas de días pasados en Charlesttonville, en la Universidad fundada por Thomas Jefferson, habría dicho que estamos ante una América peligrosa, pero también triste. Las milicias ultras en Estados Unidos, con su mezcla explosiva de odio racial, neonazismo y cultos pseudo religiosos y teorías conspiracionistas, tienen apoyo desde el mismo Salón Oval. Su retórica anti status quo y de odio racial, fue alimentada a lo largo de toda la campaña al grito de “construyan el muro” y del sueño enfermizo de recuperar la “América Blanca” de la “Golden Age” (La era dorada), narrada magistralmente por Gore Vidal, precisamente, desde los mismos salones de la Casa Blanca.

Las banderas con la suástica, los saludos nazis, las marchas nocturnas con antorchas inspiradas a las paradas hitlerianas, las cobardes golpizas en grupo, el atentado terrorista con un auto en el que murió Heather Heyer, no fueron condenados como deberían. Sin cortapisas ni titubeos, lo que agrietó realmente el piso sobre el que se sostiene el actual presidente estadounidense.

Es evidente que esa descomposición de la “América profunda”, rural, “blanca”, de los “supremacistas blancos”, de los Kukluxklanes, es un síntoma de algo mucho más grave que está ocurriendo en nuestro poderoso vecino, y que en Charlesttonville mostró el rostro de algo que está creciendo peligrosamente en la nación “indispensable”, que derrotó a la Alemania nazi. Una enfermedad cuya gravedad aún no comprendemos cabalmente en México. Pero de la que hay que ocuparse.

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