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La Sixtina, el calzonudo y la venganza de Miguel Ángel por Eduardo Lliteras Sentíes

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En un mundo dedicado en buena parte a la destrucción y al pillaje resulta impresionante imaginar en la penumbra de la Sixtina, a Michelangelo -Miguel Ángel- trabajando con los pinceles, espátulas y su genio

Mientras Michelangelo di Lodovico Buonarroti Simoni trabajaba en la Capilla Sixtina creando una obra inmortal, las espadas y los arcabuces traspasaban las mortales almas y cuerpo) de los hombres. Campos, pueblos, obras de arte eran arrasados en las batallas que azotaban al teatro europeo en tiempos del Papa guerrero Julio II, quien no dudó en encabezar los ejércitos papales espada en mano para recuperar territorios eclesiásticos. La guerra, como la peste, se cebaba entre la población aterrorizada. Las llamas de las invasiones y de la destrucción humana no perdonaban a nadie. Ni a nada. Así, desde hace siglos y milenios, han desaparecido para siempre las bibliotecas atesoradas en Alejandría –primero por los Ptolomeos y después por Hipatia- o invaluables documentos mayas hechos cenizas por Fray Diego de Landa. Ciudades enteras ardieron y se convirtieron en ruinas humeantes como Persépolis a manos de Alejandro Magno o Tenochtitlán a manos de Cortés. En tiempos recientes los restos monumentales de Palmira en Siria o los Budas Gigantes de Bamiyán volaron en pedazos mientras la milenaria Bagdad ardía consumida por las bombas dizque para liberar a un pueblo de Saddan Hussein.

En un mundo dedicado en buena parte a la destrucción y al pillaje resulta impresionante imaginar en la penumbra de la Sixtina, a Michelangelo -Miguel Ángel- trabajando con los pinceles, espátulas y su genio; dejando gran parte de su aliento vital, en crear, mientras otros muchos se empeñaban en destruir. Arrasar, masacrar, saquear. Las insondables locuras del género humano.

Michelangelo trabajó en la Sixtina en dos periodos muy distintos de su vida, y se enfrentó a varios Papas –y a numerosos censores- para crear dos de las más grandes obras maestras que ha visto la humanidad y que cada año millones de personas visitan en los Museos Vaticanos, entre admirados parpadeos hacia lo alto de los muros de la capilla más famosa del mundo, allí donde se eligen a los Papas en cada cónclave desde la muerte del Papa Pío IX en 1878.

Primero pintó la bóveda contratado por Julio II en 1508 en su juventud. Y posteriormente, en 1536, ya envejecido pero lleno de energía, inició el Juicio Final, llamado por el Papa Clemente VII.

En 1964 iniciaron los primeros trabajos de restauración de la Sixtina. Siglos de restauraciones mal hechas y el humo de miles de velas, habían cubierto con una pátina oscura los sorprendentes colores de Miguel Ángel, pero también los tonos auténticos de los otros genios que cubrieron las paredes laterales – Doménico Ghirlandaio, Luca Signorelli, Perugino, Pinturicchio, Sandro Botticelli y Cósimo Rosselli- por órdenes del Papa Sisto IV, quien mandó construirla a Giovannino de Dolci entre 1478 y 1481.

Hubo fuertes polémicas por los colores fulgurantes de las obras de Michelangelo descubiertos tras la restauración. Los diarios italianos, entre los años ochenta y noventa, publicaron en sus páginas crónicas sobre las polémicas y los trabajos que al final fueron aceptados por la comunidad científica y especialista. El nuevo Miguel Ángel que emergía tras la restauración estaba lleno de color, nada que ver con la oscuridad sombría en la que siglos de humedad, humo y restauraciones con queratina habían dejado sobre sus pinturas.

Eso sí, nada se pudo ya hacer para recuperar, por ejemplo el grupo de las figuras que representaban a Santa Caterina d'Alessandria y a San Biagio. Michelangelo había representado a Caterina completamente desnuda. Con los senos al aire. San Biagio estaba agachado.

Como se sabe, en 1564, los aires de la Contrarreforma soplaban fuerte en Europa y en Roma. Escandalizados por los desnudos integrales de la obra maestra de Michelangelo, se ordenó al pintor Danielle de Volterra (entre otros) pintarle calzones a todas las figuras que mostraban senos, penes y demás escandalosas impudicias. Danielle trabajó en los calzones que hasta hoy perduran. Y le colgaron el mote sempiterno en italiano de “braghettone” (algo así como el calzonudo), por su pasión por los calzones. Miguel Ángel ya estaba muerto, para entonces por fortuna y no vio a los censores pintarrajear su obra. Respecto al grupo de Caterina y San Biagio, nada se pudo hacer porque Volterra destrozó la obra original para girar la cabeza de San Biagio para que mirara en dirección de Dios Padre. Como se debe. A Caterina la cubrió de un inmenso vestido verde, sus poderosos senos desaparecieron de la vista escandalizada de los censores.

Por último, hay una anécdota que vale la pena recordar. Todavía estando vivo Miguel Ángel, mientras estaba trepado en los andamios de la Sixtina, el maestro de ceremonias del Papa Pablo III, Biagio da Cesena, se permitió opinar sobre la obra del maestro. La criticó acremente diciendo que era más adecuada para unos baños públicos o una hostería, por aquello de los desnudos integrales en un lugar santo, ya se sabe.

La venganza de Michelangelo fue eterna. Consagró a  Messer Biagio da Cesena con orejas de burro, rodeado de demonios en el infierno, y atenazado por una poderosa serpiente que le muerde los testículos.

Giorgio Vasari, en su libro, “Las Vidas de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos”, narra el episodio en que Biagio da Cesena se queja con el Papa acusándolo de haberlo pintado con orejas de burro entre diablos. Dicen que el Papa Pablo III le contestó: “Hijo mío, si  Miguel Ángel te hubiera puesto en el purgatorio, habría podido hacer algo para salvarte, pero te ha colocado en el infierno, y allí no puedo hacer nada, puesto que en dicho lugar no hay ninguna redención posible”.

Y allí sigue Biagio da Cesena, muy cerca de Caronte y su barca, rodeado de cuernos, en el papel de Minos, juez de los infiernos. Se lo tiene merecido.

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