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En el estado más seguro, la seguridad preocupa por Eduardo Lliteras Sentíes

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La piedra de toque del actual gobierno y de las supuestas razones para votar a favor de su continuidad, tiene grietas. Mientras se nos dice que todo depende de la continuidad de un hombre al frente: el comandante Saidén. Foto: Víctor Sandoval

Por ahí dicen que las comparaciones son odiosas. Pero ahora resulta que ya no somos como Suiza, sino como Islandia.

 

La comparación surge, quizá en una añoranza decimonónica del aislamiento peninsular del resto del país; de esas bellas épocas de la explotación henequenera y del esclavismo hacendado, cuando las selvas y los malos transportes hacían el resto.

 

Y es que, para demagogos, nos pintamos solos. Nadie se nos compara.

 

Claro, algunos sabios dirán que la comparación cabe, por aquello de que los extremos, se tocan: allá, las nieves eternas, acá, el infierno eterno, con incendios que calcinan basureros, corralones de la SSP y terrenos baldíos para abrir paso al crecimiento urbano.

 

Pero de ahí, en más, no hay punto de comparación, simplemente la tentación de hablar de similitudes con Islandia, es absurda. De risa.

 

La comparación vino a cuento por las recientes cifras del Semáforo delictivo y también por los datos recientes dados a conocer por el INEGI sobre la percepción de la inseguridad en el país, que no ha cesado de crecer con Peña Nieto. Claro, en un país, donde la inseguridad no ha cesado de escalar, así como el miedo entre los ciudadanos, el tuerto es rey. Pero en Yucatán, y Mérida, las cosas en materia de seguridad, no son como dicen las autoridades.

 

Reveladoramente, el tema de la seguridad se ha convertido en el tema principal de la campaña, muy a pesar de las autoridades, ya que el actual esquema está haciendo agua.

 

La piedra de toque del actual gobierno y de las supuestas razones para votar a favor de su continuidad, tiene grietas. Mientras se nos dice que todo depende de la continuidad de un hombre al frente: el comandante Saidén.

 

La realidad es que como se preveía y hemos advertido, el tema de la seguridad, se está agrietando por todos lados en Yucatán.

 

Basta escuchar a los mismos ciudadanos que denuncian robos, violencia callejera, inseguridad costera. Hay temor y reclaman más vigilancia policíaca, más policías, más patrullas, ante los hechos delictuosos, en municipios y colonias, síntoma de que la descomposición social del modelo económico neoliberal ha entrado en otra etapa de su contradicción en Yucatán.

 

Basta ver las rejas electrificadas en Mérida, los muros tipo fortaleza de cinco o más metros, las cámaras de seguridad, los cotos privados como modelo de crecimiento urbano, en los que se encierran quienes tienen dinero para hacerlo, temerosos de que los roben o algo peor. O las escoltas empistoladas de candidatos y políticos, los autos cargados de guaruras.

 

Sin embargo, según el gobierno yucateco, en Yucatán “sus habitantes viven con mayor confianza y armonía que en el resto de las entidades”. Claro, si nos comparamos con Tamaulipas o Guerrero, donde los muertos ya no caben en las morgues, pues estoy de acuerdo. Ahí la comparación sí cabe. Somos también, por el momento, una entidad menos insegura y terrorífica que Cancún, donde los ejecutados,  descabezados y feminicidios son cosa de todos los días.

 

Además, todos sabemos que en realidad existe un subregistro de los delitos cometidos en el país, en cada estado. Y Yucatán no es la excepción.

 

También sabemos que los robos a casa habitación y el pandillerismo violento –en el que no faltan los muertos- son una plaga en la ciudad que afecta en particular algunas zonas, como el sur de Mérida y las comisarías y no como dice mañosamente el candidato Víctor Caballero Durán, un problema del centro y de la policía municipal.

 

Decía el INEGI que Mérida es una de las ciudades del país “con menor percepción de inseguridad”. “Menor percepción de inseguridad”. Menor, comparada con Sinaloa, Puebla o el Estado de México, no con Islandia, Reikiavik, Kópavogur o Hafnarfjörður, tres de las principales urbes de ese país de herencia vikinga.

 

Por último, y para echar sal en la herida, en lo que menos nos parecemos a Islandia, es en materia salarial o de ingresos, por no hablar del estado de bienestar; temas relacionados con la seguridad y la paz social, no cabe duda, aunque nunca lo mencionan los candidatos de los partidos que han gobernado hasta ahora y que se han dedicado, precisamente, a desmontar lo poco que en dicha materia existía en México.

 

Por ejemplo, a principios del presente año Islandia declaró ilegal la diferencia salarial entre hombres y mujeres. Así lo propuso en su programa el Gobierno de coalición de la primera ministra, Katrin Jakobsdottir, de 41 años. En eso deberíamos parecernos.

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