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República de las Bananas

La Muerte del Ruiseñor y otras bohemias por Eduardo Lliteras Sentíes

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Un día, montado en su caballo, o simplemente desde la sólida y deslumbrante barra de caoba, según dice la leyenda urbana, Pancho Villa soltó sonoro balazo que quedó inmortalizado en el techo de la cantina La Ópera. En una esquina del empapelado y estuco, se ubica el venerable agujero tan señalado a los turistas que visitan el lugar.

 

Esa cantina, una época asiduo lugar de catrines, originalmente empezó siendo una pastelería de las hermanas francesas Boulangeot en el centro de la Ciudad de México, en San Juan de Letrán y avenida Juárez, donde ahora se yergue desafiante la Torre Latinoamericana, aguja puntiaguda que otea esa laguna de asfalto, catafalco de la poderosa Tenochtitlán. Después se mudó al número 10 de la calle 5 de Mayo casi esquina con Filomeno Mata, escenario de largas e inacabables pláticas con un grupo de amigos de la UNAM y de entusiastas cantos nocturnos acompañados por los sones de los tríos que, como las rutilantes botellas que adornan la barra, embriagaban los sentidos, entre caracoles panteoneros y pulpos a la gallega.

 

Era época de estrecheces, el dinero no rara vez se iba en comprar libros en Gandhi o en El Sótano, y mucho menos en comer, pero la alegría, con los amigos, no faltaba, así como los venerables momentos ante el busto de don Filomeno Mata, allí en el lugar donde estuvo su imprenta rebelde, con la que se enfrentó al régimen porfirista, en desigual encontronazo que consumió gran parte de su energía y vida.

 

A la mente me vino La Ópera, su centenario papel tapiz y la solera de sus vetustos muebles de madera, al leer la última obra de Carlos Martín Briceño, quien tuvo el generoso gesto de dedicarme su libro sobre la prematura y novelesca muerte en el Salón Bach -sito en la calle Madero del centro de la Ciudad de México- de Guty Cárdenas, en el culmen de su carrera, baleado por dos violentos palurdos camorristas españoles con los que discutió, en mala hora, el trovador yucateco.

 

Las nubes del alcohol nublaron los sentidos de Guty, pero también hicieron perder los estribos de un par de fanáticos gachupines que además de estrellarle un botellazo en la cara, le descerrajaron un par de balazos que terminaron con su vida, un 5 de abril de 1932. Tendido en el piso del Salón Bach expiró el último aliento Guty Cárdenas, junto a su pistola, con la que intentó eliminar a los Peláez.

 

Yo no conocía ese capítulo de la vida –o más bien de su muerte- del Ruiseñor Yucateco que me develó Carlos Martín Briceño. Tampoco sabía que los hermanos Peláez, además de un arranque de violencia alimentada por los tragos, tenían funestos motivos políticos: el odio a la canción de “La República en España” que Guty escribió y que cantó provocando que la locura asesina se apoderara de los asesinos fascistas … “vengo con la última noticia que en el mundo entero la atención merece, que la vieja España es Republicana y ya no es monarca don Alfonso XIII” … “España, España tu valentía, la monarquía ya destruyó”.

 

Seguramente para los Peláez debe haber sido una afrenta imperdonable, así como también insoportables la envida y el celo ante el éxito –no sólo económico, sino con las mujeres- de Guty, quien murió ante los ojos atónitos de Rosita Madrigal, la “gruesa actriz de ojos verdiazules” que lo acompañó esa noche y que todo indica fue la mecha que desató el intercambio de fuego entre los violentos bebedores.

 

La muerte de Guty es, además, justificación y pretexto para la exhumación de anécdotas autobiográficas de Carlos Martín, de quien no conocía, tampoco, su vertiente melómana, alimentada desde la infancia por su padre.

 

En sus 197 páginas –Penguin Random House, Grupo Editorial 2017- “La Muerte del Ruiseñor” se adentra en el final novelesco de la bohemia existencia de Guty y de su meteórico éxito coronado por las mieles del triunfo en la ciudad de Nueva York, pero también en la vida del escritor Carlos Martín. Ambas historias, como los rieles de una vía férrea, corren paralelas entre la fina investigación de archivos históricos, entrevistas con personajes y la reconstrucción de algunos capítulos de la existencia del Ruiseñor Yucateco. Las pinceladas y los trazos sobre la vida del escritor nacido en Mérida en 1966, autor de los Mártires del Freeway y otras historias y de Montezuma´s Revenge y otros deleites, muestran a un hombre de letras en el inicio de una madurez que anuncia muchas obras por venir.

 

Por momentos sentí que estaba ante dos libros que a ratos se me antojaban inacabados, aunque comprendí que los vasos comunicantes iban más allá de la melomanía de ambos personajes, hasta adentrarse en la sed de bohemia de Carlos Martín y del mismo Guty.

 

Hay un personaje del que me hubiera gustado saber más: de Ann Patrick, a quien la historia y el mismo Carlos Martín relegan a la oscuridad, como pareciera hizo Guty con ella en su vida, aunque la duda me asalta. Fue su esposa, “una sencilla cajera de un restaurante de Atlantic City con la que se casó en julio de 1931, casi en secreto, nueve meses antes de que lo asesinaran”. Y de la “que es imposible saber cómo fue la relación que vivió con Cárdenas el poco tiempo que fue su compañera”. Quizá ella es la clave para conocer algún lado oscuro de Guty, el Ruiseñor Yucateco.

 

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