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República de las Bananas

La inauguración electorera del nuevo Hospital Materno Infantil por Eduardo Lliteras Sentíes

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Fue una inauguración electorera. Promocionada días antes con abundantes boletines y notas pagadas en las que se aseguraba que “entraría en funciones” el día de su “inauguración” sin que autoridad electoral alguna al menos dijera esta lengua es mía.

 

Me refiero a la “inauguración” del Hospital Materno Infantil ubicado al sur de Mérida realizada el 25 de junio, pocos días antes de la jornada electoral con la ostentosa presencia del presidente Enrique Peña Nieto, quien se ha dedicado a dejar hospitales inconclusos a lo largo y ancho del país, mientras la salud pública se ha deteriorado a niveles de quinto mundo.

 

Ese día más se tardó Peña Nieto en viajar desde la Ciudad de México a Mérida que en dar un paseo por el hospital concluido solo de fachada y para la foto.

 

Después se marchó, agotado por el viaje y la ardua labor de posar para las fotos y vídeos de medios de comunicación, a comer a la Chaya Maya en el centro de Mérida, donde las calles fueron cerradas para que circulara el inmenso convoy de más de 15 vehículos blindados, negros y sin placas (con la leyenda “México” estampada sobre una bandera tricolor) del presidente.

 

Obviamente todo el tiempo estuvo acompañado por el señor gobernador, Rolando Zapata Bello, incluida la mesa para comer donde se sentaron nada más 6 personas tras apretones de manos y comentarios del tipo: “muchas gracias jóvenes” o “que te vaya bien hijo”, como le dijo a un bolero chiapaneco menor de edad que se atravesó por accidente con la engomada y enguayaberada figura presidencial en Santa Lucía.

 

Tras tan emotivos momentos en plena campaña electoral, y a más de un mes de su “inauguración” el flamante hospital no atiende al público. Ni siquiera está abierto para ofrecer “consultas”, como alguien dijo recientemente.

 

En realidad todos los ingresos tienen cadenas y candados puestos. Únicamente en el área del estacionamiento posterior, previa identificación y autorización, ingresan trabajadores y mujeres contratados para realizar trabajos en la obra inacabada o de limpieza, como comprobamos durante un recorrido.

 

Todo el hospital está cerrado, no hay público ni atención médica, y únicamente policías privados vigilan celosamente a cualquier persona que se acerque a husmear desde la calle solitaria que rodea la obra edificada, según versión oficial, con una inversión de “697 millones de pesos”.

 

La vigilancia es paranoica, o de plano de república bananera. Mientras platico con un grupo de trabajadoras –que bajaron de un camión tipo frigorífico, sin ventanas, ni ventilación y mucho menos seguridad alguna- formadas en la caseta de vigilancia del estacionamiento posterior, un policía me lanza un desafiante: “¿y usted, quién es?”.

 

Posteriormente, tras dar un recorrido alrededor del hospital, para corroborar que está todo cerrado a cal y canto, otro policía me alcanza mientras grabo con mi móvil desde la banqueta de la calle. Me pregunta, desde el otro lado de la reja, “quién soy”, de nueva cuenta. Le respondo dándole, mi nombre y apellidos e inclusive el nombre de los medios en los que trabajo. Acto seguido, anota el número de las placas de mi auto. Después me graba con su teléfono celular y luego realiza una llamada telefónica, mientras yo me encuentro ya sentado en mi coche en la calle desierta.

 

A lo lejos pasa un autobús de “Situr” vacío, ya que nadie viene al hospital. Ni perros callejeros merodean la zona.

 

A los pocos minutos aparece un auto Nissan Versa, color gris rata que da vueltas por la calle en la que me encuentro estacionado. Lo grabo ya que en su interior hay una persona en uniforme hablando por teléfono, enviada para ver quién soy yo, y quizá para pedir instrucciones ante el peligroso personaje con celular que merodeaba en la calle, afuera del hospital.

 

Después de éste curioso capítulo me quedo esperando para ver si van a enviar la caballería, pero no llegan las patrullas. Por lo que me retiro, tras observar que en los supuestos 17 mil metros cuadrados de construcción todavía hay personas trabajando. Que el poste que debería conectar el fluido eléctrico de la Comisión Federal de Electricidad está desconectado y los cables inexplicablemente cortados.

 

Según la propaganda oficial, el complejo hospitalario contará con “las especialidades en ginecología, obstetricia, neonatología, perinatología, medicina interna, endocrinología, nutrición, psicología, medicina preventiva, planificación familiar, telemedicina, medicina familiar y estomatología”.

 

Por lo pronto, un árbol seco, casi el único que dejaron en pie en toda la zona –como suelen hacer los arquitectos yucatecos a los que no les gusta dejar ni una yerba- se cayó y dañó una barda. Veo basura por varios puntos.

 

Y sobre todo, lo que se observa es otra mentira más del gobierno saliente, el que se apresta a entregar a Mauricio Vila y su equipo, la administración pública. No puede uno dejar de pensar cuántos goles recibirán a la hora de la entrega-recepción los nuevos inquilinos del Palacio de la 61.

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