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República de las Bananas

No es la transición en Yucatán sino la delincuencia por Eduardo Lliteras Sentíes

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Hace unos días hablaba vía telefónica con un amigo y periodista romano, a quien conozco desde tiempos del pontificado de Juan Pablo II y de nuestros inicios en el seguimiento del escenario de la Santa Sede. Él también ha visitado México y lo recorrió en sus tiempos de juventud atraído, como muchos italianos, por su milenario pasado y cultura. Me decía, preocupado, de las horrendas noticias que llegan a Italia procedentes de México, por el nivel de violencia que no cesa de crecer. Le decía, por supuesto, que nuestro país es muy grande y que en el territorio nacional hay muchas realidades  y niveles de violencia. También ironizaba sobre el gusto de los italianos por la sangre desde tiempos del coliseo romano. Aunque claro, admito que no le faltaba razón. Ya se ha dicho que la administración del Presidente Enrique Peña Nieto se ha convertido en la más violenta de la historia de México. Mientras tanto, en Yucatán, nos gusta seguirnos comparando con ese México azotado por el huracán de la violencia, afirmando que somos un lugar de excepción, parangonable con Suiza o Islandia; tierra de paz gracias a un gobernador que ganó distinciones y aplausos comprados con un gasto de 1,323.7 millones en Comunicación Social a lo largo de 6 años, a un ritmo diario promedio de $631,800, en sus casi seis años de gobierno, según cifras oficiales, como recordaba Mayaleaks, recientemente. Esto sin considerar el gasto oculto, en negro, y en efectivo.

 

Durante la campaña pasada reciente el partido oficial quiso vender la idea de que la relativa seguridad de Yucatán estaría en riesgo si había cambio de gobierno. Dos tercios de los electores no cayeron en esa trampa –los que votaron por Vila o por Huacho- y rechazaron ratificar a un gobierno que ha ocultado mucha información sobre el crecimiento de la inseguridad y la descomposición en Yucatán y en Mérida, escenario ya visto en otros Estados del país, ahora convertidos en tierra del terror.

 

La guerra al narcotráfico ha ido devorando al país, y Yucatán –sede de la firma de la Iniciativa Mérida- no podrá sustraerse a la estrategia de la violencia aplicada con fines geopolíticos en México y de negocios de venta de armas.

 

La más reciente ejecución en Progreso, reavivó miedos y comentarios de que la delincuencia asedia la isla de la fantasía, olvidando que ejecuciones y presencia de peligrosos capos y organizaciones criminales han sido detectadas a lo largo de todo el presente sexenio en Yucatán. No es por la transición de gobierno que ocurren actos delictivos vinculados al crimen organizado en Yucatán. No es porque habrá un gobierno de un nuevo color partidista y se va el PRI que la inseguridad amenaza con escalar en el Estado. Es más bien al contrario.

 

Esto se ha observado a lo largo del sexenio que está por concluir. La costa yucateca se encuentra afligida por actos de criminalidad que involucran a organizaciones que trafican con el Pepino de Mar, por ejemplo. E involucra no sólo a extranjeros y personajes de otros Estados, sino a yucatecos y funcionarios. Como se ha visto con la banda de huachicoleros que opera en Yucatán, como reveló el reciente estallido de un ducto en Progreso, un síntoma de algo que ya se había denunciado.

 

Por supuesto, el crecimiento del Estado, la venta de Yucatán como isla de muy buenos negocios, la llegada de capitales y personas adineradas ha atraído a delincuentes de todo tipo que ya operan en el Estado. Esto es algo inevitable.

 

Pero también existen sus socios locales, inclusive a nivel institucional como se ha visto con la mafia inmobiliaria y con el descubrimiento del enriquecimiento de personajes de gobierno, que siguen impunes. Ese es el caldo de cultivo de la delincuencia. No el cambio de gobierno.

 

Claro, se advierte que el comandante Luis Felipe Saidén debe seguir en el cargo. Pero también se deben construir capacidades de mando e inteligencia, con las herramientas (tecnológicas, éticas, morales, físicas, institucionales) para tomar el testigo, en el inevitable relevo generacional en la lucha al crimen.

 

Inteligencia, por ejemplo, inexistente, como evidenció, de nueva cuenta, la ejecución en Chicxulub Puerto, de un taxista procedente de Playa del Carmen reconvertido en Yucatán “en empresario”. Playa del Carmen, Cancún, se pudrieron de la mano de los gobiernos priistas. De la corrupción llevada a niveles de delincuencia organizada. Si no queremos ser como esos Estados, deberemos, también, tener instituciones capaces de procesar a funcionarios y delincuentes asociados, a los corruptos y ladrones de la administración pública. Lo que no se ve hasta ahora, por lo que somos crecientemente vulnerables.

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