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McCarrick, y el Vaticano, 17 años después por Eduardo Lliteras Sentíes

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En la foto, al centro, Eduardo Lliteras con lentes oscuros y una grabadora

25 de abril de 2002. A un costado de la Piazza Papa Pio XII, a pocos pasos de la entrada de la sala de prensa del Vaticano ubicada en la Vía della Conciliazione que desemboca en la famosa Plaza de San Pedro, un atildado cardenal estadounidense se encontraba de pie sobre una plataforma metálica montada por medios televisivos de su país con los cañones de sus cámaras apuntando en dirección de la imponente fachada construida por el arquitecto Carlos Maderno. Hablo de la fachada y del famoso balcón desde el que se asoman los Papas recién investidos en el cónclave de la Sixtina con el “annuntio vobis gaudium magnum: habemus Papam”…

Vestido de negro, con saco y alzacuellos, el cardinal Theodore McCarrick gesticulaba con los gestos de un hombre de mundo, habituado a desenvolverse en los salones y pasillos donde se toman decisiones que impactan alrededor del mundo. McCarrick realizaba una conferencia de prensa improvisada bajo el cielo semi encapotado de Roma, ante la multitud de periodistas de su país y de otras partes del mundo que nos arremolinábamos a su alrededor disputando el espacio con nuestros micrófonos para grabar sus declaraciones tras el encuentro a puertas cerradas con el Papa Juan Pablo II.

En dicho encuentro se decía los obispos estadounidenses habían abordado el escándalo de la pederastia eclesial en Estados Unidos y la crisis de credibilidad que tenía en la lona a la conferencia episcopal estadounidense por el destape de los abusos sexuales a menores.

Apretujado entre los reporteros, las cámaras y los micrófonos, alargaba lo más que podía mi brazo para que mi grabadora no perdiera las declaraciones del purpurado estadounidense.

Los obispos estadounidenses habían sido convocados por el Papa polaco para afrontar lo que se llamaba el “problema estadounidense” de las violaciones a menores. Pero pronto se revelaría que “el problema” no se circunscribía a los Estados Unidos, ni mucho menos, como querían hacer creer las jerarquías eclesiales alrededor del planeta y la curia Vaticana.

Apenas dos años antes habían viajado hasta Roma dos periodistas del diario Boston Globe y me habían hecho algunas preguntas sobre la veracidad de las acusaciones contra el fundador de la Legión de Cristo, Marcial Maciel. Indagaban sobre las violaciones a menores y habían acudido a la redacción de la sede de la Prensa Extranjera ubicada en el corazón de la ciudad de Roma para platicar con algunos periodistas sobre el tema, en aquel entonces auténticamente tabú y prohibido en muchas redacciones.

Sin embargo, en el año 2001, un equipo de periodistas del periódico "The Boston Globe", destapó la bomba de la extendida pederastia en la Iglesia católica de Boston cuyo principal protagonista fue el sacerdote John Geoghan, quien violó a más de 100 chicos.

Los periodistas del Globe estaban apenas ante la punta del iceberg, en una comunidad, como la catolicísima irlandesa, impactada con brutalidad por el destape de lo que era un secreto a gritos: las horrendas prácticas sexuales de numerosos sacerdotes que escogían sus víctimas entre niños y niñas incapaces de defenderse, aprovechando sus posiciones de poder, no sólo político, económico, sino moral, religioso. Se introducían en el seno de las familias creyentes, a las que sometían a través de sus manipulaciones religiosas, para buscar víctimas para depredar. Y después utilizaban todo el poder eclesial para aplastar cualquier denuncia o intento de reclamo de algún menor que se atreviera a alzar la voz. Y destruir a cualquier familiar que lo arropase. La venganza del poder eclesial no conocía límites, en un mundo que cerraba los ojos a los abusos de todo género cometidos por el estamento religioso.

En 2016, la película Spotlight (conocida en latinoamérica como Primera plana) fue la ganadora del Oscar a la mejor película. Dirigida por Thomas McCarthy y escrita por McCarthy y Josh Singer, abordó parte de esa complicada historia que fue investigar y revelar los abusos sexuales cometidos no sólo en Boston, sino alrededor del mundo, por los curas pederastas.

La trama muestra al equipo de Spotlight, el área de periodismo de investigación del Boston Globe, enfrentándose a la todo poderosa Iglesia Católica de Bostón, a sus influyentes e intocables jerarcas encubridores de sacerdotes pederastas como John Geoghan. Pero también luchando con los límites morales y tabúes de los mismos periodistas.

Un año después, tras el escándalo desatado por los periodistas del Boston Globe, los obispos estadounidenses se encontraban en el Vaticano hablando de “tolerancia cero” contra los abusadores sexuales y de otras medidas que se decía frenarían la pederastia eclesial.

Sin embargo, como hemos visto a lo largo de todos éstos años, la cumbre en los Palacios Apostólicos con el Papa Juan Pablo II, hoy convertido en santo, no fue más que humo negro que se disipó con rapidez sobre la Sixtina.

La imparable bola de nieve de las nuevas revelaciones de los crímenes contra menores alrededor del planeta no ha cesado de crecer. Bola de nieve que ha arrastrado a tres Papas, y que difícilmente podrá detener la última cumbre anti pederastia organizada por el Papa Francisco en la Santa Sede de los últimos días.

El epílogo de Theodore McCarrick, hombre que se codeó con presidentes de la Casa Blanca y secretarios de Estado, es revelador: 17 años después de la conferencia de prensa en el Vaticano que rememoré, la Congregación para la Doctrina de la Fe condenó al excardenal y exarzobispo de Washington, por abusos sexuales a menores y adultos con el agravante de abuso de poder. Lo despojó, además, de su condición de sacerdote de la Iglesia Católica.

En el camino de la caída de McCarrick, como de Marcial Maciel, y de muchos otros, quedaron un sinfín de víctimas que nunca pudieron reponerse de las violencias a las que fueron sometidas. También algunos periodistas quedamos en el camino, acusados de “enemigos de la Iglesia” y de ser el mismo diablo, por habernos atrevido a revelar algunos de los secretos más turbios del poder eclesial.

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