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República de las Bananas

La distopía que viene por Eduardo Lliteras Sentíes

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Un hombre camina por una calle de Londres. Repentinamente, se cubre el rostro, al descubrir que una cámara de reconocimiento facial se encuentra en la dirección que camina. Fue multado con 90 libras por “comportamiento desordenado”, es decir, por cubrirse la cara cuando pasaba frente a la cámara de reconocimiento facial en Londres.

Otro caso. A principios de 2019, un hombre fue multado cuando se cubrió la cara con su sombrero y su saco mientras pasaba por delante de una cámara en Romford, East London, reportan diarios británicos.

Según reporte de la “Virginia Law Review” la mitad de los adultos estadounidenses se encuentra actualmente en una red de reconocimiento facial para hacer cumplir la ley. Es decir, sus rostros forman parte de una base de información en manos de la policía y del Gobierno estadounidense y sus diversas agencias.

En efecto. Mientras se incrementa el uso de las llamadas body-worn camera (“BWC” por sus siglas en inglés o cámaras corporales) en las fuerzas del orden, se acelera también la demanda de la tecnología del reconocimiento facial en los cuerpos policíacos estadounidenses, advierte la Virginia Law Review.

Explica que una vez equipado con tecnología de reconocimiento facial, las BWC podrían aumentar dramáticamente la cantidad de personas registradas en las redes de reconocimiento facial de las fuerzas del orden, permitiendo a los agentes de policía actuar como mecanismos sofisticados de vigilancia ciudadana.

En pocas palabras, cualquier persona que pase ante un oficial de policía equipado con esta tecnología, puede ser escaneada, identificada y catalogada en una base de datos de reconocimiento facial sin que exista la sospecha de que haya cometido ningún delito o inclusive sin que se haya comunicado con el oficial.  Esto transforma el simple acto de caminar por una calle donde la policía está presente, en una interacción policial, digna de una página de 1984, de George Orwell.

Es decir, el Gran Hermano, omnipresente en cada paso que da cualquier ciudadano en cualquier ciudad y calle del mundo. Esa es la amenaza que en algunos países ya ha cobrado realidad. Como es el caso de China.

Las cámaras de reconocimiento facial están siendo instaladas masivamente en China, en sus calles, metro, inclusive en los lentes digitales de los policías.

Por ejemplo. La influyente empresaria china Dong Mingzhu, presidenta de la compañía de aire acondicionado más importante de China, terminó en una pantalla gigante de Zhejiang, al sur de Shanghai, por haber cruzado una calle de forma “temeraria”. Registrada por una cámara policíaca su rostro y acción acabaron en una pantalla gigante como ejemplo de mala ciudadana.

 

RESISTIR

Sin embargo, en algunas partes del mundo hay resistencias. La primera prohibición general del reconocimiento facial llegó en mayo, cuando la ciudad de San Francisco se convirtió en la única ciudad de los Estados Unidos que prohibió que la policía y otras agencias usaran esa tecnología.

Después de San Francisco, los legisladores estatales de California están considerando una regulación que prohíba a todos los agentes del orden público de California ejecutar programas de reconocimiento facial en cámaras corporales. Otras ciudades como Berkeley y Oakland, están considerando seguir la iniciativa de San Francisco de prohibir todas las solicitudes de la policía local para adquirir dichas tecnologías.

Además, los legisladores federales de ambos partidos examinan cómo las agencias federales están usando la tecnología y si merece más control y controles más estrictos, según se dice.

En el caso del reconocimiento facial existe un consenso emergente de que se trata de una tecnología que representa una amenaza alarmante para las libertades civiles básicas, y una vez que se generalice, puede ser demasiado tarde para detenerlo. Para detener al Estado orwelliano, al Gran Hermano, vigilante de cada paso que da cada ciudadano. Sin que exista supervisión alguna de quienes nos vigilan, y vigilan en nombra de la máxima seguridad.

Cajón de Sastre

Decía el alcalde de Londres, Sadiq Khan, en un artículo publicado en The Observer días antes de llegada del presidente estadounidense a la capital británica que “Donald Trump es solo uno de los ejemplos más notorios de una creciente amenaza global. La extrema derecha está aumentando en todo el mundo, amenazando nuestros derechos y libertades ganados con tanto esfuerzo y los valores que han definido a nuestras sociedades liberales y democráticas durante más de setenta años. Viktor Orbán en Hungría, Matteo Salvini en Italia, Marine Le Pen en Francia y Nigel Farage en el Reino Unido están utilizando los mismos eslóganes divisivos de los fascistas del siglo XX para obtener apoyo, pero están utilizando nuevos métodos siniestros para transmitir su mensaje. Y están ganando terreno y ganando poder e influencia en lugares que hubieran sido impensables hace unos años”.

La combinación del auge de la extrema derecha, de las nuevas y sofisticadas tecnologías de vídeo vigilancia, del espionaje, amenazan constituir un mundo distópico. Una pesadilla, que ni Aldous Huxley, Ray Bradbury y George Orwell habrían soñado.

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