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República de las Bananas

Fue el pueblo de Santa Gertrudis Copó por Eduardo Lliteras Sentíes

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Al grito de “fue el pueblo”, los trabajadores de la Inmobiliaria Abba fueron expulsados de la hacienda de la comisaría de Santa Gertrudis Copó al filo de las doce de la noche del jueves de la semana que concluyó. Las campanas de la parroquia local sonaban a rebato mientras la muchedumbre se agolpaba a la entrada de la hacienda en la que muchos de sus padres y abuelos trabajaron, cosechando frutas y henequén. "¡Fueraaa, fueraaa, fueraaa!", clamaban las voces de mujeres, hombres, ancianos, exasperados por la forma agresiva de comportarse de los trabajadores y de la empresa desde hace más de un mes. 

El ambiente era fantasmal, entre la mala iluminación de la calle, la densa penumbra de la vieja hacienda, el rebotar de las luces rojas y azules de las patrullas en los rostros y cuerpos de los habitantes de Santa Gertrudis Copó.

Uno por uno, primero, y en una camioneta pick up marca Chevrolet de la empresa, abandonaron la hacienda tras más de un mes de enfrentamientos y agresiones a los habitantes de la comisaría conurbada con Mérida y convertida en zona de alta plusvalía con el surgimiento de cotos privados, fraccionamientos, edificios corporativos en la zona y otras edificaciones de lujo.

Los trabajadores de la Inmobiliaria Abba -que pretende construir otra privada en las casi 7 hectáreas de la hacienda de Santa Gertrudis Copó- se llevaron la planta de luz, herramientas y al menos 5 agresivos perros, entre los que se contaban dos Fila brasileños, canes con los que se cazaban a los esclavos fugados de las plantaciones en Brasil.

 

¡FUERA DE AQUÍ!

 

Más de un centenar de personas, entre niños, mujeres, ancianas y hombres, todos habitantes de la comisaría de Santa Gertrudis Copó, exigieron se marcharan los trabajadores, luego de que un incendio generó un denso humo que afectó sus humildes viviendas.

De hecho, el fuego fue visto por algunas personas desde la glorieta de El Pocito por lo que se llamó a los bomberos y a la policía, los que ingresaron a la hacienda para verificar su origen, acompañados de algunos habitantes de Santa Gertrudis Copó a manera de guías.

Cabe señalar que tras una media hora de búsqueda, no hallaron nada, aunque la hacienda es muy grande, como señalamos y aún poblada de vegetación.

Mientras tanto, el enojo, afuera de la hacienda, ubicada en el corazón de Santa Gertrudis Copó, siguió escalando.

La gente se confrontaba con los trabajadores que burlones y desafiantes, como siempre, se plantaron del otro lado de la entrada, clausurada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y el Ayuntamiento de Mérida con sellos por obras sin permisos.

Los habitantes señalaron la violación de los sellos de clausura, los que efectivamente fueron rotos. Los frecuentes incendios nocturnos, que afectan sus viviendas. Los golpes a un anciano, la intención de imponer un proyecto inmobiliario sin consultar ni escuchar a la población maya que habita y labora en esas tierras desde hace generaciones.

La gota que derramó el vaso fue la agresión reciente a una persona de la tercera edad. Los habitantes reclamaban a los trabajadores de la Inmobiliaria dicha agresión a golpes de un habitante de la comisaría, al que tundieron por entrar en la hacienda.

Los ánimos seguían escalando, ante la mirada de la policía estatal y de las unidades de la nueva policía metropolitana, la que discretamente vigilaban la escena, a prudente distancia, reportando lo que sucedía a sus superiores.

 

Y YA NO SE AGUANTARON

 

Cuando todo parecía que iba a calmarse, sucedió que los gritos crecieron, aparecieron palos y piedras, y decenas de habitantes de Santa Gertrudis Copó comenzaron a brincarse la barda y la reja de la hacienda.

Los trabajadores de la Inmobiliaria Abba, corrieron como conejos, a esconderse. Sin embargo, los habitantes los alcanzaron y les exigieron que se fueran, sin lastimar a nadie.

Los perros pitbull y Fila, ladraban enloquecidos y peligrosamente.

Tras una media hora, los trabajadores se retiraron, luego de cargar sus escasas pertenencias y llevarse las herramientas de la empresa.

Salieron por la puerta clausurada por el INAH y el Ayuntamiento de Mérida. Nadie les dijo nada ni los tocó. Alguno, descamisado, a duras penas podía controlar al perro pitbull con la correa mientras miraba a la multitud congregada que los había expulsado.

Éste fue un nuevo capítulo en el largo litigio con la Inmobiliaria Abba y los Xacur, quienes vendieron la hacienda sin respetar tierras comunales.

Hablamos de 600 metros cuadrados que la comunidad reclama como parte de áreas verdes y comunales, en las que los habitantes quieren un parque, andadores, ciclovías y no más coches y calles para los ricos que llegan de otros Estados a vivir en Mérida sin respetar sus usos y costumbres.

 

VIOLENTA IMPOSICIÓN DEL DESARROLLO

 

En 2018, con un grupo de pandilleros armados con hachas, cuchillos y machetes, la Inmobiliaria Abba intentó construir una barda tras demoler la casa de una anciana a la que expulsaron de su hogar de toda la vida con amenazas y sin permisos.

Habitantes de Santa Gertrudis Copó los encararon, a riesgo no sólo de sufrir heridas graves, sino de ser detenidos.

La presencia de la prensa, de quien esto escribe, frenó las agresiones in extremis. Con la llegada de los policías antimotines enviados por el entonces gobernador Rolando Zapata Bello, se estableció una tensa calma. Los pandilleros fueron desarmados y obligados a marcharse.

Sin embargo, la Inmobiliaria, sus dueños, y abogados, procedieron a denunciar a varios habitantes de la comisaría, incluida la hoy comisaria de Santa Gertrudis Copó, Leydi Cocom, ante la Fiscalía General del Estado.

No cabe duda que el conflicto entre la poderosa Inmobiliaria, sus propietarios, y los habitantes de Santa Gertrudis Copó, es expresión de un desarrollo depredador y caníbal que ha convertido a Mérida en la meca de los especuladores de tierras y del lavado de dinero a través del sector inmobiliario. Con su brutal disparidad e imposición, avanza barriendo a los habitantes y ecosistemas que poblaron durante siglos los alrededores de Mérida, convertidos hoy en fuente de enormes ganancias.

 

 

 

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