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¿De qué tamaño sería el problema que vio venir el presidente AMLO para frenar el tren maya? por Eduardo Lliteras Sentíes

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De qué tamaño sería el problema que vio venir el presidente Andrés Manuel López Obrador para que decidiera frenar la licitación de diciembre del tren maya. Sus recorridos por tierra en Yucatán y Quintana Roo, que tanto le gustan como él mismo dice, le abrieron los ojos en éstos días y decidió cambiar de ruta al cuarto para las doce, muy cerca del anuncio del despegue, que amenazaba convertirse en un estallido semejante al del transbordador Challenger de la NASA en 1986. pocos segundos después de su lanzamiento. Es decir, estamos ante un volantazo, para evitar caer el despeñadero.

Alguien le alertó, y fue en Quintana Roo donde decidió tirar la bomba, ya que ese Estado y Campeche, es donde se advierten las mayores broncas, por la incapacidad de sus operadores políticos locales. Pero también en Yucatán.

El conflicto que se vislumbra es suficientemente grande como para mejor meter el freno y anunciar que primero hay que hacer la consulta, “pueblo por pueblo”, instruyendo al titular del Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas, Adolfo Regino, frente a la multitud congregada en Felipe Carrillo Puerto, Quintana Roo, para que las lleve a cabo.

La cara de desánimo del gobernador, Carlos Joaquín, y de los presentes fue evidente, ya que hablamos de la cancelación de un presupuesto no visto en la región de 120 mil millones de pesos. Y de muchos, muy buenos negocios.

Pero es evidente que el presidente no tuvo de otra. En realidad, por ahí debió haber iniciado, hace ya un año, y quizá, otra gallo le cantara.

Pero la apuesta al voluntarismo, sin el apoyo, además, de la opinión pública local, a la que no se involucró en el proyecto, como tampoco a los medios de comunicación locales, ha dado por resultado tantas especulaciones como conflictos. La información a cuenta gotas, contradictoria, llena de especulaciones, sólo ha servido para alimentar ambiciones personales así como los conflictos y atizar las oposiciones, en muchos casos de orden político y sectario: el objetivo, empantanar al tren y al gobierno federal.

Claro, sus funcionarios federales, como el titular de Fonatur, Rogelio Jiménez Pons o Miguel Torruco Marqués de turismo, no han hecho más que confundir más, y generar dimes y diretes con sus declaraciones y ocurrencias, lanzadas en foros y twitter con excesiva liviandad.

El presidente AMLO se ha dado cuenta gracias a que no viaja por avión –como él dice- que la península es un hervidero de conflictos, muchos ya cocinados sobre los pre existentes por la tierra y los litigios entre grupos ejidales, empresarios, operadores de despojos, políticos y demás vivales que ven en la península de Yucatán el nuevo El Dorado para hacer dinero rápido, fácil, por carretadas, gracias a las engañifas y corruptelas sembradas entre los campesinos mayas con algunas monedas.

Por lo pronto, los que ya se sobaban las manos, tras despojar y acaparar tierras por donde pasaría el tren maya, ahora sudan frío. El negocio del siglo, parece congelarse en la Siberia del porfiriato, parafraseando al presidente.

Queda claro que el presidente Andrés Manuel López Obrador no puede arriesgar un presupuesto tan grande, conseguido “con los ahorros” obtenidos en el combate a la corrupción, y mucho menos dejar una obra inacabada que se convertiría en la medalla al fracaso de su sexenio, desde su mismo inicio. Un lastre que amenazaría con hundirlo y no dejarlo salir del pantanal del sureste.

Además, la lección de lo que ocurrió con la cancelación del NAIM (Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México) y la guerra judicial con la presentación de 140 amparos –según el mismo presidente explicó- hacía pronosticar una lluvia de amparos, por lo menos semejante, si no es que mucho mayor, contra el tren acompañada de movilizaciones en la península.

De tal manera, el mega proyecto ferrocarrilero del sureste, por lo pronto se queda en veremos. No cabe duda de que los trenes son necesarios para aligerar la carga vehicular en las carreteras de la península, repletas de pipas cuyos propietarios hacen el gran negocio llevando y trayendo combustibles.

Además, la red carretera ha cortado el territorio de los animales endémicos de la península y es responsable de atropellamientos todos los años, de miles y miles de criaturas, por no hablar de las emisiones de gases, ruido y saturación de las ciudades y las carreteras que las conectan, con autos particulares. Pero ese, es otro gran negocio que nadie toca, no al menos, entre los opositores del tren.

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