Un barco iraní desarmado fue invitado a participar en un ejercicio naval indio junto a Estados Unidos. Sus marineros fueron recibidos en tierra y desfilaron ante el presidente de la India como gesto de cooperación. Un funcionario indio confirmó que la fragata iraní Dena, que había participado en un ejercicio naval en India, había sido desarmada para la ocasión. Estados Unidos canceló su participación en el evento a última hora y sabía que el buque iraní se encontraba en aguas internacionales tras la conclusión de los ejercicios, sin armamento. Según el derecho internacional, torpedear un buque desarmado constituye un crimen de guerra. Pero los Estados Unidos lo presumieron y el llamado secretario de Guerra, Peter Hegseth, lo anunció como un gran hecho histórico.
Lo que siguió fue aún más grotesco. Tras atacar al buque iraní desarmado, Estados Unidos se negó a rescatar a los marineros que naufragaron, tanto heridos como sobrevivientes, abandonándolos para que se ahogaran. La ardua tarea de recuperar los cadáveres quedó en manos de la Armada de Sri Lanka.
Dicho ataque no fue un combate sino una traición de lo más vergonzosa: una emboscada llevada a cabo bajo el pretexto de la diplomacia, seguida de una fría negativa a mostrar incluso la más básica decencia humana hacia los moribundos.
Representaría un colapso de todas las normas que supuestamente rigen la conducta civilizada en el mar. Y, sin embargo, en lugar de indignación, gran parte de la respuesta de los medios estadounidenses ha sido de indiferencia o racionalización.
Como también se deja de lado el bombardeo de una escuela de niñas en Irán donde fallecieron 180 menores y maestros.









