Es raro, o casi imposible, ver a alguien hojeando un libro en los tiempos que corren. La mirada, inclusive cuando se camina, maneja o se “conversa” con alguien, suele estar posada en los celulares, por donde quiera que uno pase. Estamos viviendo una distopía en tiempo real, mientras el mundo que nos rodea nos resulta cada vez más indiferente; los niños en la mesa no hacen caso más que a sus teléfonos móviles, cualquier rostro resulta convincente con aparecer en la pantalla y hablar con tono doctoral; es el tiempo de los “influenciadores”, mientras no se caigan por un acantilado, se ahoguen o los asesinen a balazos.
En un país en el que se lee muy poco, en la era de la adicción a las pantallas es un acto a contracorriente escribir en papel y publicar un libro; casi un acto revolucionario o de plano insurreccional, algo así como lo que sucedía con los hombres libro en “Fahrenheit 451”, la célebre novela distópica escrita por el autor estadounidense, Ray Bradbury, y publicada en 1953, que cada día es más un guion real, al igual que el mundo distópico imaginado por George Orwell, en su novela “1984”.
Libros se queman, se destruyen para alimentar la IA (Inteligencia Artificial), se vuelan por los aires ciudades centenarias con toda su memoria histórica, escuelas, bibliotecas, hospitales, se vaporizan vivos a seres humanos y se les masacra por cientos de miles e inclusive un imitador de tirano -mezcla y caricatura de Calíguna, Nerón y del senil Tiberio- amenaza con destruir a una civilización por completo, un día sí y otro también, mientras se mofa de que su ejército mata para robar y quedarse con tierras, petróleo, costas, oro, minerales raros.
Es la novela distópica que está escribiendo la humanidad y el imperio decadente, su complejo militar industrial y la oligarquía sionista, en la que la disputa por los recursos y el dominio global nos regala diario nuevos bombardeos y la continuación del genocidio en Gaza, ahora extendiéndose a Cisjordania y el Líbano.
Pero, ¿por qué es importante escribir y publicar en papel en un mundo donde todos los días se publican archivos digitales que más tardan en subirse a las redes que volverse viejos o ser borrados para siempre? Julian Assange ha explicado la fragilidad de la historia bajo el control de unos pocos servidores controlados por los dueños de las redes sociales, los Mark Zuckerberg, Musk, Thiel:
“Los archivos digitales les permiten borrar la historia con un solo clic. Un día: “Página no encontrada.” Al día siguiente: “Eso nunca existió.” Ellos controlan tus recuerdos.” Y la realidad.
Esto nos motivó a rescatar algunos de nuestros archivos, columnas, reportajes, artículos, entrevistas, publicados en los últimos 35 años en medios impresos y digitales y editar y publicar “De Yucatán al Vaticano hay Espionaje” (Trajín, 2026, Ciudad de México) disponible en la librería de la Biblioteca General Manuel Cepeda Peraza y próximamente en Librerías Dante así como a través de quien esto escribe.
Es un acto de rebeldía ante la reescritura cotidiana y la falsificación de la realidad que pretenden los propietarios de las redes sociales, donde la censura, no sólo a través del algoritmo, sino a través de la cancelación de contenidos, de archivos, es una realidad, a petición de agencias de inteligencia y poderosos lobbys como el AIPAC (American Israel Public Affairs Committee o Comité Estadounidense-Israelí de Asuntos Públicos).
La cancelación de contenidos, porque muestran el genocidio en Gaza, el que buscan negar a través de la destrucción de archivos de los mismos soldados del IDF (Fuerzas de Defensa de Israel), masacrando civiles, niños, mujeres en las ruinas hechas polvo de lo que fue el hogar de más de 2 millones y medio de palestinos y muchos animales, es una realidad a través de la censura sionista de las redes sociales.
POST SCRIPTUM
Los libros antiguos son muy codiciados por las empresas más avanzadas del mundo, para alimentar a sus bases de datos, ya que están aprendiendo de los antiguos escritores, mientras las jóvenes generaciones humanas reducen su capacidad de expresión, de entendimiento, raciocinio y de IQ, cociente intelectual vía el uso de redes sociales. Hablamos de empresas de IA (Inteligencia Artificial). Puede parecer paradójico, pero cualquier obra publicada antes de 2022 vale hoy su peso en oro para los gigantes tecnológicos, ya que fue escrita por seres humanos, libre de la contaminación o la asistencia de las propias máquinas y de la IA, dice Matte Lignelli en el diario italiano La Repubblica. En efecto. El informe señala que para progresar, los chatbots de IA necesitan nutrirse de textos que presenten estructuras lingüísticas complejas y una calidad editorial muy superior a la avalancha de contenido generado automáticamente —la llamada «basura de IA»— que ha inundado la web desde entonces. En consecuencia, algunas empresas están comprando libros usados al por mayor —por cientos o incluso miles a la vez— para escanearlos e introducir los datos en sistemas de inteligencia artificial para su extracción y uso. El problema radica en que, a menudo, los libros terminan siendo destruidos. Aunque se desconoce la cifra exacta de libros perdidos a lo largo de los años, un fallo judicial en California, relativo a un litigio entre un grupo de escritores y Anthropic (desarrolladora de Claude, asistente de IA de nueva generación), revela que se han adquirido millones de ejemplares. Los libreros de viejo y anticuarios están dando la voz de alarma, especialmente ante el destino que corren aquellos títulos de los que apenas quedan unos pocos ejemplares.
De hecho, como cita Lignelli, un anticuario de Haarlem, cerca de Ámsterdam, declaró esta semana a “The Telegraph” que sospechó que se trataba de una estafa cuando recibió un pedido por correo electrónico de la empresa 2077AI: tres mil títulos en diversos idiomas, incluidas copias de gran valor comercial. Pero no era una estafa. Sino un pedido para alimentar a la ignorante AI. Y después destruir los libros vía el “destructive scanning”, o la copia destructiva.
CAJÓN DE SASTRE
Israel está pagando millones para entrenar a chatbots de IA sobre cómo hablar sobre Gaza. Y está funcionando, señalan analistas.
El exdirector de campaña de Donald Trump, Brad Parscale, supervisa una operación que publica cientos de entradas en blogs en nombre de Israel, con el objetivo de infiltrarse en inteligencia artificial. Parscale y su empresa, Clock Tower X, los crearon como parte de un contrato de 46,5 millones de dólares con el gobierno israelí para intentar influir en chatbots impulsados por inteligencia artificial, herramientas como Claude o ChatGPT. Es decir, se trata de propaganda filo israelí y sionista, para cambiar la realidad del genocidio en redes sociales.








